Revista Contra Estudio

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lunes, 21 de julio de 2014

El idioma español en decadencia, por Anthony Fidelinho Rosas Santos

EL IDIOMA ESPAÑOL EN DECADENCIA

La televisión llegó al Perú aproximadamente en la década del 60, con la finalidad de que cada uno de nosotros empecemos a intercambiar los conceptos y conocimientos, que este mundo nuevo nos trajo en sí, la cultura; sobre todo sea un medio de comunicación fiable en la que aprender de ésta nos ayude de la socialización con el mundo y nuestra interrelación con todos mejore y evolucionemos de acorde al avance.
Con la televisión a cuestas y toda la tecnología que va llegando a nuestros días, la invasión extranjera, el predominio de las grandes sociedades, el alejamiento y distorcionamiento de nuestra manera de pensar; trajo consigo experiencias poco profesionales, tósidas y un alejamiento en primer plano de la manera correcta de hablar y de escribir. Involucrémonos esencialmente en la primera  –la manera incorrecta de hablar–.
En nuestros días, la forma de hablar que esencialmente usan los muchachos está llena de imperfecciones sintácticas, jergas y sobre todo la predominante lengua anglosajona, el cual está presente en su comunicación cotidiana, atrás quedaron los cultismos y las normas. El mundo de ahora ya no tiene en cuenta, qué habla o cómo habla, nos hemos distorsionado gravemente.
Nuestra sociedad se ha ido – últimos años – volviendo adicta a lo poco común, al simplismo, se ha ido enajenando de vulgarismos, barbarismos, se ha acostumbrado a la “basura televisiva”, a los programas de entrevistas simplonas, la calle se ha irrumpido con avisos publicitarios muy mal redactados(haciendo caso omiso a las normas de escritura), infografías de mujeres desnudas – que a más de un adolescente ha dejado con la boca abierta – , nuestra gente de ahora ya no tienen autoconfianza intelectual fueron superados por la mercado migrante de algunos “acriollados”.
Ahora si escuchamos la forma de cómo se expresa una persona anterior a esta época encontraremos diferencias con la de ahora, es decir quizá va a mantener peculiarmente las incongruencias lexicológicas, pero este ciudadano será más cuidadoso al momento de querer emitir ciertos vulgarismos o cierto lenguaje soez, aunque de dicho modo, no se va a expresar con términos extranjeros, a lo que primará la lengua madre quechua, que valgan verdades, los estudiantes (en su mayoría) tienen vergüenza hablar en dicha lengua, se ruborizan, se escandalizan o se esconden.
Pero, si ante ellos presentamos el inglés como alternativa de sociolecto encontraremos un cierto cambio o un apoderamiento masivo e ello.  Este idioma se ha apoderado de ciertas páginas (redes) sociales, que en su mayoría la gente se ha idiotizado y se pusieron en afán de imitar lo que en algunas “pseudo programas televisivos” se muestra, se expresan y se comparte con los usuarios; vale decir, que dicho acostumbramiento no es más que una compleja situación de trauma psicológico o un caso simplismo de inseguridad lexical.
El spanglish como se le ha ido denominando últimamente al apoderamiento masivo del idioma anglosajón – inglés – al nuestro, más como un complejo de marginalización contra el quechua, que un adiestramiento o una imitación por “moda”, esta coalición lenguas no sólo trae consigo que los estudiantes lo utilicen en su convivencia diaria, sino también el deformamiento cultural de nuestra sociedad, la variación de nuestra competencia lingüística, la desaparición y en otros casos la castellanización de ciertos elementos – más por su uso que por su origen-  que nada tuvieron que ver desde las perspectivas diatópicas, diafásicas y diastráticas.
Ahora, sí tenemos en cuenta que también esta manera de pronunciar el inglés es incorrecta , de modo que, el aspecto fonético con el que se estudia dicho idioma también refiere cambios y/o fallas al momento mismo  que cada hablante lo utiliza en su interrelación; en consecuencia estaríamos hablando de un inglés pobre, como si los hablantes (los que utilizan dicha lengua –adolescentes-) fueran analfabetos o bien en una lengua o bien en las dos, a lo que también distorsiona el campo fonético del inglés en su mal manejo léxico.
Por lo tanto, hablar en otra lengua que no sea la nuestra, perjudica seriamente a los hablantes, al entorno y a la estructura gramófona, que al parecerle “moderno, innovador”, etc.; será parte de la vulgaridad  o de la pobreza léxica que se va contrayendo de a pocos, en su mayoría por culpa de la mala utilización de la tecnología; de modo que, la inteligencia está disminuyendo en el mundo y está aumentando la estupidez, es decir nos estamos haciendo prisioneros de un código lingüístico ajeno y estamos mal utilizando o deformando el castellano.


Entonces amigos lectores, no seamos parte de la insensatez del mundo moderno, claro está cambiando, pero que no influya de manera negativa en nosotros, o como en una entrevista un efusivo Marco Aurelio Denegri diría: “Nosotros no tenemos porqué hablar en inglés, porque esa no es nuestra competencia lingüística”;valgan razones, el doctor Denegri tiene toda la razón, es decir, no hay por qué, o no existe la necesidad de emplearlo en nuestra manera de departir, para ello empecemos a leer y a enriquecer nuestro vocabulario. Jóvenes de ahora apoyen la idea de cambio, no mal empleen una lengua que ya ha sido impuesta y ha sido estructurada durante muchos años, en ningún caso imiten o repitan las frases o comentarios desatinados y con muchas imperfecciones que se emiten en los diarios chicha o en la “televisión basura”; por el contrario sean parte de una alfabetización correcta hacia nuestros receptores y sean parte del nuevo cambio que queremos, para el bicentenario de nuestro país. 
                                                                 ESCRIBE:  Anthony Fidelinho Rosas Santos


Anthony Fidelinho Rosas Santos
·             Nació el 28 de enero de 1989 en Colquijirca, Cerro de Pasco (actualmente reside allí) es profesor de Gramática y Literatura.
·             Miembro actual y co-fundador del grupo literario "Explosión Verbal".
·             Fundador de los "Jueves culturales Undac(Universidad Nacional Daniel Alcides Carrión)" durante su última etapa universitaria 2009 - 2010.
·             Director del Círculo literario "Diavisal - Undac" 2010.
·             Actualmente se desempeña como docente, pero también es Orador y Conferencista.
·             También se desempeña como parte del concejo editorial de la revista "El Jinete Insomne", el cual es dirigida por el Lic. Helder Andrade Uscuchagua.
·             Del mismo modo viene publicando diversos artículos en los periódicos regionales como :"La Columna".
·             En los últimos años viene publicando poesías en grupos literarios a nivel nacional (de modo virtual).

viernes, 27 de junio de 2014

Fernando Morote: Copa del Mundo: Errores que matan

                      Copa del Mundo: Errores que matan

El triunfo, en la última fecha de la primera fase del mundial, se ha portado como una amante infiel que a la mínima oportunidad se va sin escrúpulos con el mejor postor. El asombro que causaron al inicio algunas selecciones cedió paso al cálculo de otras.

Argelia y Nigeria son los únicos representantes africanos que continúan en carrera. Los vaticinios del rey Pelé, formulados a principios de los 70’ y a punto de cristalizarse a mediados de los 90’–el futuro del fútbol yace en el continente negro-, parecen nuevamente distantes de tomar cuerpo.

Grecia, en las postrimerías del cotejo, tropezó con su clasificación a octavos sobre el punto de penal después de que Costa de Marfil la tuviera prácticamente en el bolsillo. Estados Unidos, en un final de básquetbol durante su encuentro previo, no supo sostener su notable progreso y sucumbió a su ingenuidad dejándose empatar por Portugal faltando 30 segundos.

Colombia es quizás el único de los clasificados a quien no le convenía encabezar su grupo. Habrá que ver si la emoción de sentirse líder, igual que en Italia 90’, no lo traiciona esta vez. Para ser sincero, es preciso aceptar que aún no ha enfrentado un rival digno que pruebe en verdad de qué material está hecho.

Croacia fue más boca que fútbol. En las conferencias de prensa, Kovac y Modric desempeñaron a la perfección su papel como discípulos de Mourinho en el arte de disminuir al oponente con declaraciones despectivas, pero al final carecieron de armas para traducir en goles sus ataques verbales contra los aztecas.

Chile, cayendo ante Holanda, confirmó que no le había ganado a España sino a lo que quedaba de ella, un campeón moribundo en estado catatónico sobre cuyo féretro los mapochinos sólo lanzaron las paladas de tierra de despedida. Vencer a Australia, aunque fue visto como una proeza, no es una medida realista. El cuadro oceánico, a embargo de su superación, sigue siendo uno de tercera categoría.
 
 

Italia, pese su oficio y experiencia, tuvo que volverse a la bota por una falla estúpida tratando de dominar un balón embarazoso dentro del área cuando lo que correspondía era reventarlo de un puntazo. Sin descender a la esfera del “catenaccio”, que Prandelli desterró en esta etapa de la “azzurra”, hizo recordar en muchos pasajes del partido contra Uruguay el estilo especulativo de Enzo Bearzot en España 82’. Imperdonable error de un equipo que, tras su debut, se perfilaba como serio aspirante al título.

Inglaterra resbaló en la misma trampa. A 10 minutos de concluir las acciones, cuando se hallaba a puertas de revertir el marcador, un descuido permitió que Muslera habilitara desde su arco con un pase larguísimo a Luis Suárez, quien fulminó sin piedad a Hart.

Para decirlo de un modo amable, a despecho de su talento futbolístico y cotización internacional, Luis Suárez es el vivo retrato de un perdedor. La misma arrogancia e infelicidad que brotaba de los rostros de sus antecesores en el ramo -Maradona y Tyson- es la que hace de Luisito un tipo nauseabundo y despreciable cuyos ataques de frustración esquizofrénica merecen sacarlo a pasear con cadena y bozal antes de la competencia para bajarle los niveles de espuma rabiosa o internarlo en una perrera municipal para el adiestramiento apropiado.
 
 

Piura, Perú-1962. Escritor y periodista peruano. Autor de las novelas: “Los quehaceres de un zángano” (2009) y “Polvos ilegales, agarres malditos” (2011), el libro de relatos “Brindis, bromas y bramidos” (2013) y el poemario “Poesía Metal-Mecánica” (1994). Actualmente vive en Nueva York y colabora con revistas de España (Periódico Irreverentes de Madrid y Pandora Magazine de León) y Perú (Lima Gris y Contra Estudio), entre otros temas, escribiendo artículos sobre cine clásico.

 
 
 
 
 
 
 

martes, 24 de junio de 2014

Fernando Morote: Librería a la vista, destino: Harrisburg, PA

       Librería a la vista, destino: Harrisburg, PA


Lo necesitas por salud mental. Estás listo para escaparte de la rutina y olvidarte de Nueva York. Una vez al año te viene bien cambiar de aire, expandir tus pulmones y perder tu vista en otro horizonte. Sabes que tu reemplazo te odiará en secreto la semana entera porque será él quien tendrá que comerse la bosta que tú digieres cada jornada. Pero no te importa.
Estás en la tierra del Mayor Richard Winters, veterano de la Segunda Guerra Mundial y líder de la Compañía Easy, que desembarcó en Normandía, resistió en Bastogne y capturó el Nido del Águila en Berchtesgaden.
Recorres el mágico mundo de Hershey. Descubres un pueblo completo, con escuela, universidad, centro médico, parque de diversiones, estadio, coliseo, zoológico y negocios girando en torno al chocolate. Te percatas que cuando estás trabajando te cansas menos que cuando sales de vacaciones. Comprendes que nunca es tarde para descubrir las ironías de la vida.
Constatas que, efectivamente, el paisaje circundante es diametralmente opuesto a lo que sueles ver en tus días urbanos. Inmensas praderas, atravesadas por colinas llenas de árboles y planicies con el pasto delicadamente recortado, te regalan un espectáculo verde absolutamente sobrecogedor. No puedes reprimir cierta envidia al contemplar a los amish, el enigmático grupo religioso de origen judío, conformado por varones barbados y patilludos y damas obsesivamente recubiertas de holgadas ropas, manejando sus carretas tiradas por caballos en plena autopista o surgiendo de entre la hierba mientras cosechan los frutos que siembran. Admiras su abierto desprecio por los adelantos tecnológicos de la vida moderna, aunque en el fondo sabes que eres demasiado superficial como para llevar una vida consagrada a la naturaleza.
El 4 de Julio, día de la independencia, te agarra en Gettysburg, escenario de una de las batallas cruciales de la Guerra Civil americana. Hombres vistiendo uniformes de la Unión y la Confederación; mujeres luciendo faldones, parasoles y botines; voluntarios fingiendo de médicos en tiendas de campaña, explicando cómo amputaban las extremidades de los heridos con técnicas de carnicero a falta de tiempo y recursos para mejores cuidados; son detalles que recrean fielmente el ambiente de aquellos años. Te dejas envolver por el espíritu cívico y te tomas una foto con Lincoln. El agobiante calor y el intenso olor a hot-dog no te permiten recordar las palabras exactas que pronunció el ilustre presidente en su discurso al final del conflicto, pero tampoco puedes reprimir la sospecha de que, pese a las constantes repeticiones en ceremonias oficiales, son principios que los ciudadanos de este país no se empeñan precisamente en aplicar a la práctica cotidiana.
De regreso al hotel encuentras en la recepción un folleto que no habías visto antes. Se te para la respiración. No es un club de strip-tease ni una excursión de aventura. Tus aficiones no van por ahí. Es, lógicamente, una biblioteca. No, no, no. Es una librería. Espera, mira bien. En realidad es una feria de libros. Gigantesca, majestuosa, antigua. ¿Dónde? En Harrisburg, a 45 minutos de distancia. “¿Alguien viene conmigo?”, preguntas ingenuo. Mmm…No esperes milagros.
A pesar del GPS, te pierdes. No es raro, conociéndote como te conoces. Pero estás resuelto a encontrar tu oasis en el desierto. Finalmente llegas. Por fuera parece un edificio insignificante, totalmente olvidable, que puede pasar incluso desapercibido. Pero cuando cruzas la puerta doble de vidrio y pones tu humanidad adentro, te das cuenta de que has encontrado un lugar fascinante. El espacio donde te sientes por un instante miembro de la raza humana. Parado en medio de tantos libros, te sientes como un adicto que cayó de pronto –y de nariz- en el centro de una montaña de cocaína.
 
Después del primer vistazo general, comprendes que tus cálculos de tiempo quedarán irremediablemente cortos. Sabes al olfato que ésa es –o debe ser- una visita de al menos un día entero. Pero tú cuentas sólo con 1 hora como máximo, pues tu familia te espera para salir a cenar juntos.
Son demasiados títulos de arte, historia, humanidades, ciencia, tecnología, estudios sociales, literatura infantil, deportes, cocina, viajes, humor, etc. Entonces planeas tu estrategia. No puedes devorar cada libro que ves a tu paso. Tienes que ser selectivo y tomar tus buenos riesgos.
Avanzas por los pasillos y te deslizas sigilosamente entre los estantes. Empiezas a tomar contacto con ciertas piezas de arqueología literaria. Una de las primeras ediciones de “Mi lucha” de Adolfo Hitler, consigna sobre su tapa una breve declaración del editor (contrario al espíritu nazi) en la que sostiene con orgullo que “no le paga regalías al autor”. A su lado encuentras una sección completa de libros dedicados a la historia afro-americana de los Estados Unidos, donde los protagonistas sobresalientes –en textos e imágenes- son, sin duda, Martin Luther King, Malcolm X y los oficiales blancos encargados de ejecutar la brutalidad policial de la época.
Con cuidado bajas las pequeñas escalinatas que te conducen a una bóveda subterránea cubierta por libros impresos en diferentes idiomas, que abordan la cultura, religión e historia de innumerables y remotos países del planeta. Esos tópicos no te entusiasman mucho, así que subes de nuevo y cruzas la sala principal para seguir tu camino hacia los corredores del segundo piso. Sientes como si estuvieras conociendo muchos edificios dentro de uno solo. Cada ambiente presenta una decoración distinta. En el trayecto hallas tratados de cine y teatro, enciclopedias con fotos inéditas, afiches de películas clásicas, revistas con entrevistas a Hitchcock y Kazan. En medio de ellos, poemas de Bertolt Brecht.
Si te provoca tomar un poco de aire y contemplar la vista de la ciudad capital del estado de Pensilvania, puedes coger el libro que quieras y ocupar una de las graciosas mesitas del balcón. O puedes llevar tu laptop al rincón que prefieras (suelo incluido) y pasarte el día entero escribiendo lo que sea, revisando tu Facebook o mandando Twitters alrededor del orbe. Nadie te va a molestar ni apurar.
El tiempo, sin embargo, corre. Por lo que debes apresurarte si quieres ver la sección de novelas. Vaya, tienes a todos tus ídolos en los anaqueles. No se olvidaron de ninguno. Hasta “El pueblo y la ciudad”, la primera historia publicada por Kerouac, el padre de los Beat, aunque es un mamotreto de 500 páginas, aparece como una pieza relevante en el firmamento. Y en los estantes de poesía, Vallejo y Heraud emergen gloriosos. Esto sí que es una rareza, te dices, considerando que ni siquiera en el Perú los ubican en sitio de tanto privilegio.
Ha llegado, entonces, el momento del café. Te acercas a la barra y pides un capuchino. De acuerdo al anuncio de la pizarra, descubres que el café con que preparan tu orden es peruano también. No te lo esperabas, pero si querías sorprenderte, pues sorpréndete bien, mi hermano. El barman se muestra tan amistoso y servicial, que no te incomodan sus avances homosexuales. Por el contrario, inicias una amena charla con él. Y descubres que el tipo (simpático, de poco pelo) es una abundante fuente de información. La librería, biblioteca o feria de libros –como quieras llamarla- es un espacio arquitectónico en forma de caverna (otrora mansión perteneciente a una acaudalada familia de Harrisburg), que recoge más de 100,000 libros de segunda mano, ediciones artesanales y libros de texto. El edificio, con un área superior a los 10,000 metros cuadrados, alberga la colección más grande de libros usados entre Nueva York y Chicago. Durante las noches se celebran una variedad de eventos y actividades comunitarias, como recitales de poesía, presentaciones de libros, lecturas públicas y conciertos de música clásica, sin dejar de mencionar las permanentes exhibiciones de pintura.
Si nada de eso te interesa, puedes simplemente tomar asiento donde te plazca (tienes sillas, bancas y sillones por donde quieras) y dejar pasar el tiempo. A lo mejor conoces a otro solitario como tú y terminas compartiendo algún juego de mesa con él (o ella). O quizás te sientas tan emocionado que acabes comprando un libro sólo para expresar tu gratitud por el delicioso momento de placer recibido. No importa cuál sea tu elección, te aseguro que será algo bueno. Como ese ejemplar de  las “Novelas cortas de los maestros”, que incluye obras de Kafka, Joyce, Dostoyevsky, Flaubert, Chejov, entre otros. O esa particular biografía de Kafka (ya que lo mencionas) en la que se echa por tierra la famosa teoría de que el escritor praguense no estuvo nunca interesado en publicar su trabajo (y por eso quemó todo, hasta que apareció su amigo Max Brod a rescatar lo que luego se convertiría en literatura universal) y más bien no sólo se afirma sino que se prueba con cartas, piezas de sus diarios y otros documentos personales, que durante toda su vida luchó denodadamente para que sus textos fueran editados y reconocidos.
“Midtown Scholar Bookstore” es el nombre de este fantástico lugar. No lo olvides. Si eres escritor, o fanático de la literatura, márcalo con rojo en tu agenda para tu próximo viaje a Pensilvania. Te sentirás tan extasiado que treparás corriendo más rápido que Rocky las 72 gradas de la entrada lateral al Museo de Arte de Filadelfia. No te arrepentirás, aunque tu familia te ponga presión para que no pierdas el sentido del tiempo y vuelvas pronto con ellos.
 
 
 
 

Fernando Morote. Piura, Perú-1962. Escritor y periodista peruano. Autor de las novelas: “Los quehaceres de un zángano” (2009) y “Polvos ilegales, agarres malditos” (2011), el libro de relatos “Brindis, bromas y bramidos” (2013) y el poemario “Poesía Metal-Mecánica” (1994). Actualmente vive en Nueva York y colabora con revistas de España (Periódico Irreverentes de Madrid y Pandora Magazine de León) y Perú (Lima Gris y Contra Estudio), entre otros temas, escribiendo artículos sobre cine clásico.

miércoles, 18 de junio de 2014


                                La Copa se queda en Europa

Cerrada la primera rueda del Mundial, ¿dónde quedaron las máquinas sudamericanas de las eliminatorias? Las balas asesinas reducidas a insulsos perdigones. El fiero león rebajado a inofensiva mascota. Nada más parecido a los clubes peruanos, poderosos y temibles en la liga interna, cuando salen a competir en el extranjero.

Brasil, con dos penales regalados (uno a favor y otro en contra), no alcanza a ser un suspiro de los campeones históricos. Argentina, desordenada e imprecisa, depende de un ídolo para culminar sus aspiraciones. Colombia, explosiva y contundente al inicio, exhibe una contagiosa cumbia antes que una consistente estrategia (sus integrantes tienen suerte de que Pablo Escobar no se encuentre ya en capacidad de enviarles la moto por ineptos). Chile, errático y a ratos perdido, no responde a los designios de su entrenador con ínfulas de sabio neurótico. Uruguay, fatalmente herido, es el mismo de hace 4 años, y eso –contrario a lo declarado por el maestro- es un déficit insalvable. Ecuador, lento y sin vida, encaja una trágica derrota que bien vale una ola de suicidios.

Nada nuevo hasta aquí. A Perú le ocurría lo mismo. Llegaba deslumbrando, acababa dando pena.

Viendo la actitud, el despliegue y la fortaleza de Holanda, Italia, Inglaterra, Alemania, e incluso España, un choque entre los nuestros y ellos será como poner a correr un pura sangre al lado de un perro callejero. El predominio futbolístico de Europa –ganado en base a su nivel de organización, infraestructura y educación- es un hecho por ahora irreversible.
 
 
Mientras tanto la tecnología asoma discretamente en cada arco. Siete micro-cámaras instaladas bajo los tres palos no son un mal comienzo. Aunque no se atreve todavía a adoptar la precisión ampliamente comprobada en otros deportes profesionales, la FIFA ha recogido aquella utilizada en el tenis para marcar si la pelota cayó dentro o fuera de la cancha (de la línea de gol, en este caso). El mayor desafío será convencer a los aficionados, periodistas, dirigentes y protagonistas directos que el sistema de vigilancia por video no dañará la esencia del juego. A la inversa, contribuirá a dirimir de acuerdo a lo que sucede en la realidad y no a lo que pasa por la cabeza, o los ojos, de los árbitros y asistentes, colocados muchas veces en desventajosa posición por el vértigo de las acciones.

En medio del barullo neoyorkino, confinado a los locutores latinos de las cadenas internacionales de televisión en español, no puedo evitar el recuerdo de las legendarias narraciones de Humberto Martínez Morosini y Luis Ángel Pinasco, o los comentarios en el entretiempo de Roberto Salinas y Javier Rojas.

Podían ser, a su modo, amenos o aburridos (libre elección a gusto del espectador). Pero al menos eran originales. Los que ejercen el oficio en la actualidad se parecen un poco a esos escritores que sólo creen en su valor si copian el estilo del Premio Nobel de literatura.
Argentinos y chilenos son las víctimas más comunes, hundidas en las fauces del vicio. Repiten de manera idéntica, perfecta y literal las entonaciones, expresiones, bromas, recortes de palabras, cambios de ritmo, lisuras, gritos, diálogos simulados del hombre que revolucionó con su estilo.

Tampoco soy particularmente adepto a los presentadores aztecas.Me causan gracia sus delirios de grandeza considerando a México una potencia mundial sólo porque son líderes inevitables de la CONCACAF. Me provoca indignación la monumental estupidez con la que comparan a Rafa Márquez con Franz Beckenbauer, llamándolo “Kaiser”. Sin embargo reconozco el mérito que tienen de respetar su idiosincracia sin imitar a nadie.

Digresiones aparte, a juzgar por lo visto hasta la fecha, la Copa se queda en Europa.


 
 
Fernando Morote. Piura, Perú-1962. Escritor y periodista peruano. Autor de las novelas: “Los quehaceres de un zángano” (2009) y “Polvos ilegales, agarres malditos” (2011), el libro de relatos “Brindis, bromas y bramidos” (2013) y el poemario “Poesía Metal-Mecánica” (1994). Actualmente vive en Nueva York y colabora con revistas de España (Periódico Irreverentes de Madrid y Pandora Magazine de León) y Perú (Lima Gris y Contra Estudio), entre otros temas, escribiendo artículos sobre cine clásico.

 
 
 
 
 

sábado, 14 de junio de 2014

Lecciones iniciales de Brasil 2014, por Fernando Morote


Lecciones iniciales de Brasil 2014

Con apenas 2 fechas cumplidas, es prematuro aventurar conjeturas de carácter deportivo. Sin embargo algunas apreciaciones pueden ser expuestas.

La ceremonia de inauguración fue una de las más pobres y aburridas de las últimas décadas. Sin brillo, incapaz de provocar un grado de asombro o despertar una mínima admiración. En verdad se esperaba algo mejor de los brasileños, considerando su vasta riqueza cultural. Entre sus artistas locales hubieran hallado abundancia de figuras con mucho mayor talento que Jennifer López, Pitbull y la propia Claudia Leitte (su anatomía en azul lo único rescatable de la –felizmente- breve presentación).  Llamar a Shakira para que cante su insípido “La-la-la” sólo hubiera empeorado las cosas. El millonario aparato publicitario no alcanza para convertir la idiotez en un producto musical de calidad.

Las patéticas condiciones sociales del país atentan contra el éxito del evento. Aunque las protestas se han agravado en los días previos a su inicio, la FIFA acusó recibo del malestar y la oposición del pueblo carioca desde el momento mismo en que le otorgó la sede. Lo que derivó en una alarmante falta de apoyo e inadmisibles retrasos en la entrega de los estadios (nuevos o remodelados). Cabe preguntarse, entonces, por qué Blatter y Platini no replantearon oportunamente la posibilidad de llevarse la Copa del Mundo a otra parte, donde sea en serio una fiesta y no una lucha. Tal como hizo Joao Havelange cuando decidió despojar a Colombia de ser el organizador en 1986 porque 5 años antes –¡en Julio de 1981!- un hincha invadió la cancha de El Campín de Bogotá durante la disputa eliminatoria contra Perú.
 

Las fatídicas actuaciones arbitrales demuestran que es tiempo de que el organismo máximo del balompié internacional ingrese al siglo XXI y siga por fin el ejemplo de lo que hace tantos años ponen en práctica las autoridades del béisbol, el básquetbol o el fútbol americano en los Estados Unidos. Ante una jugada dudosa –no cualquiera intranscendente sino sólo aquella que puede decidir el destino de un partido- los jueces recurren al video. Suspenden la acción unos instantes, revisan en un monitor las imágenes grabadas y verifican lo que realmente sucedió. Si marcaron bien, ratifican su fallo. Si encuentran que se equivocaron, lo corrigen. Nadie se espanta. A ningún aficionado se le ocurre decir que un procedimiento de ese tipo desvirtúa la naturaleza del juego. Por el contrario, todos apoyan el uso de la tecnología porque comprenden que es una herramienta que ayuda a resolver con justicia los resultados de una competencia de alto nivel.

Brasil 2014 apenas empieza. Por lo visto hasta ahora parece que la abdicación del Rey de España ha sido una certera premonición de lo que espera a la furia roja. Y ésta quizás sea además la resurrección de ese ballet de danza moderna conocida como la naranja mecánica. Tan (o más) letal que la de Kubrick…





Fernando Morote
Piura, Perú-1962. Escritor y periodista peruano. Autor de las novelas: “Los quehaceres de un zángano” (2009) y “Polvos ilegales, agarres malditos” (2011), el libro de relatos “Brindis, bromas y bramidos” (2013) y el poemario “Poesía Metal-Mecánica” (1994). Actualmente vive en Nueva York y colabora con revistas de España (Periódico Irreverentes de Madrid y Pandora Magazine de León) y Perú (Lima Gris y Contra Estudio), entre otros temas, escribiendo artículos sobre cine clásico.

miércoles, 11 de junio de 2014

Una anti-lectura de Novela con cocaína, por Rubén Javier

                 Una anti-lectura de Novela con cocaína
 
Escribir, o intentar hacerlo, luego de leer a Novela con cocaína de M. Aguéev causa un dolor torpe que puede confundirse con incomodidad y angustia. Es una sensación  que corroe parte de nuestros recuerdos (nuestros recuerdos malos, obviamente) y esos instintos primitivos y vergonzosos que  producen estrépito. ¿Es por eso que la novela es dolorosa, angustiante y adictiva? La novela es interesante por muchos motivos que van desde la forma en cómo se publicó hasta la misteriosa identidad del autor. Aquel sobre procedente de Constantinopla y dirigido a emigrantes rusos radicados  en Francia - titulado inicialmente como “Relato con cocaína”- llevaba consigo algo más que una novela. Traía un poco de lo que en Rusia se ocultaba y que era común entre los sectores marginales. Y claro, publicar el texto en aquella época y usando el nombre real del autor era algo por demás imposible. Mark Levy  usó el mecanismo del seudónimo y se mantuvo en el anonimato durante toda su vida.
 
El prólogo a la primera edición en español del libro  (Seix Barral, 1984) a cargo  de Lidia Chweitzer ya causa una impresión viva. En ese momento aún no se conocía la identidad del autor y la edición del libro era todo un reto. Lidia Chweitzer  se esforzaba por encontrarle alguna impronta estilística a este libro raro y virulento. Nos dice que el tiempo en la novela tiene semejanzas al que usa Proust (ya que ambos  textos no están medidos en minutos, sino en una descripción minuciosa). Chewitzer se esfuerza por encontrar alguna filiación entre Aguéev y otros escritores rusos que lo precedieron. Encuentra una rala semejanza con Andrei Biélyi, pero no la convence. Tal vez no es necesario esforzarse tanto en un libro atípico para aquella época. Es un texto devastador, virulento y cancerígeno, escrito por un judío ruso que expresa los miedos y complejos de jóvenes quienes van a ser testigos de una revolución. Es un texto de complejo análisis extra textual que puede mover o remover conductas disipadas.
 
                                        
 
¿Es acaso Aguéev un héroe romántico que se sumerge  en  Vádim Maslenikov  para interponernos las voces de los desamparados, de los pobres y de los cocainómanos que recorren un mismo escenario mientras  Rusia deja de ser zarista y  adopta la senda revolucionaria? Ahora sabemos que el autor era un judío ruso que nos inyecta parte de ese antisemitismo que los mismos judíos sentían hacia ellos mismos (basta recordar  la excelente escena entre Stein y Burkevitz).
 
Jóvenes cocainómanos que  se reúnen y se enseñan la manera de aspirar, héroes revolucionarios, el judaísmo que convive entre  adolescentes con asomos de antisemitismo. Un antihéroe como Vadim (o tal vez un héroe)  no alcanza parte de su desarrollo, no tiene padre, es repulsivo,  detesta a su madre- “está pueno” le dice, tratando de imitar su pronunciación defectuosa- , nos cuenta su historia dividida en tres partes: El instituto, Sonia, Cocaína. Cada parte de la novela avanza compulsivamente mientras vemos la manera como Vadim se va degradando. Vadim sufre por una mujer casada. El héroe busca dinero, roba a su madre, se cruza con una mujer joven a quien lleva a un hotel y la corrompe. Novela con cocaína es eso y unas cuantas líneas escritas con sangre, angustia y al borde del colapso.
 
Mientras sigo pensando en cómo la novela ha sido un misterio y un gran reto para el mercado editorial. Me imagino en la manera en que le temblaban las piernas a Vadim. “¿Hay algo de cocaína?” Pregunta a Hirgué (su dealer). No obtiene respuesta, pero Hirgué está ahí, le habla y todo lo que le dice le causa gracia. Cada palabra de Hirgué está en su propio interior y ahora  empieza a ser un  eco que martilla los escasos recuerdos positivos y cada imagen alegre de su infancia. ¿Es acaso la “bajada” de los efectos de la cocaína? No, aún no llega. Siente entonces un nudo de  voces agudas, es un grupo de niñas tuertas que le preguntan qué es el deporte y para qué sirve. Se da cuenta que está en medio de un aula de clases en dónde él es el profesor. Cada respuesta  suya le genera alegría y cierto placer. Habla como un revolucionario y como un humanista, pero al poco tiempo se da cuenta de su estupidez. Vadim, ahora si se inicia la “bajada” y tus amigos te han dejado solo para que la afrontes. Estás solo mientras tu madre te busca por cada bar miserable de Moscú. Sí, tu madre, aquella mujer que te llamaba: “Vadichka, hijo mío”, aquella mujer de quien te avergonzaste cuando fue a entregarte unos rublos para que pagues la mensualidad del instituto y a la que luego  permitiste que tus camaradas la llamen “payaso con enaguas”, y mientras ellos se reían de tu madre, tú también te reías de ella. Ahora está muerta por tu culpa y en el sanatorio nadie te da hospedaje. Oh Vadichka! ¿A qué hemos llegado?
 
                                       
 
Rubén Javier. Lima- Perú,1986. Bachiller en Literatura Peruana y Latinoamericana, director de Librería Rashomon, promotor cultural, docente y asesor en auditorías en tema de educación. Sus artículos y reseñas han sido publicados en Lima Gris, La voz liberal del Perú y Periódico Irreverentes (España). Actualmente  dirige una revista virtual, una librería y elabora su tesis de Licenciatura sobre Otras tardes de Luis Loayza.
 

lunes, 9 de junio de 2014

Ansiosos por el fútbol: once remates al arco Por Orlando Mazeyra Guillén

Ansiosos por el fútbol: once remates al arco
Por Orlando Mazeyra Guillén

«Ni pálpitos ni cábalas. Cada vez me importa menos qué camiseta tienen los jugadores que me brindan la alegría del juego bien jugado. Eso sí, mi mujer, Helena, y yo estamos muy atareados. Desde que estamos juntos en la vida, hace 38 años, el primer día de cada Mundial colgamos en la puerta de entrada un cartel hecho por nosotros mismos que dice “cerrado por fútbol” y no lo quitamos hasta que hay campeón».
Eduardo Galeano
UNO

            —Papi, ¿cuándo vas a volver a jugar como en los videos?
            Ésta fue la pregunta que le hizo una de sus hijas a Diego Armando Maradona en 1996, año en que se recordó que una década atrás, en 1986, el astro argentino le marcó el gol del siglo XX a Inglaterra en el estadio Azteca de la ciudad de México. A raíz de esta anotación, Hernán Casciari, escritor argentino, escribió un notable relato titulado «10.6 segundos»: el jugador da en total 44 pasos, y toca la pelota 12 veces, siempre de zurda, la jugada completa dura 10.6 segundos.

DOS

El día de la final de la copa del mundo de Francia 1998, donde el local, en el Stade de France, enfrentaba al en ese momento campeón defensor del título, Brasil, le preguntaron a un niño francés:
—¿Quién quieres que gane el partido?
El muchacho, sin titubear, dijo:
—¡Brasil!
—¿Y por qué quieres que gane Brasil si tú eres francés?
—Porque ellos son muy pobres.
¿Alguien alguna vez habló del fútbol y la religión como el opio de los pueblos? Basta, por favor.

TRES

            —Nosotros nos odiamos más —le dijo a Juan Villoro el chofer que lo recogió en el aeropuerto de Ezeiza (Buenos Aires). En una crónica el escritor mexicano nos cuenta que el taxista: «se refería al encono entre los equipos que protagonizan el clásico de la ciudad de Rosario (de donde son oriundos Lionel Messi y Ángel Di María): Newell’s Old Boys y Rosario Central (los «leprosos» y los «canallas», respectivamente). En el trayecto, el taxista le contó cosas acerca «de la capacidad de ira de los suyos y la desgracia de la tía Teresita, apóstata de la familia que se negaba a apoyar al equipo canalla. El eje de su discurso era el rencor. En los grandes días, el fútbol era asunto de desprecio, y nadie odiaba como un canalla [es decir, un hincha de Rosario Central, como Fito Páez]. Por desgracia, los medios inflaban repudios menores, como Boca-River. El piloto remató su argumento en plan teológico: Dios está en todas partes pero despacha en Buenos Aires».

CUATRO

Se equivocó el notable escritor suicida David Foster Wallace cuando afirmó que en los deportes masculinos nadie habla nunca de belleza, ni de elegancia, ni del cuerpo. Claro que sí: no hay nada más bello que ver lanzar un tiro libre a Juan Román Riquelme o gozar de una pared de Andrés Iniesta con Lionel Messi. ¿No recuerdan acaso la elegancia del juego de Enzo Francescoli? ¿Ya olvidaron su apodo? ¡Príncipe! Claro, el apelativo no es gratuito: pocos futbolistas son tan elegantes como Enzo, ese crack uruguayo que derrochó talento en los noventa con la camiseta del Club Atlético River Plate. Un ferviente admirador de Francescoli (que disfrutó de su paso por el fútbol francés cuando el delantero uruguayo fue campeón de la liga francesa con el Olympique de Marsella) no tuvo mejor idea que ponerle Enzo a su hijo (el mejor homenaje del hincha: darle el nombre de tu ídolo a tu vástago). Me refiero a otro elegante, majestuoso, excepcional jugador: Zinedine Zidane, el monje, o Zizou, llámenlo como quieran. ¿Y el cuerpo? No han notado cómo se eleva Diego Godín, ese defensor uruguayo y arquea el cuerpo antes de dar un testazo certero. Sí, es el héroe de discreto, no el de Vargas Llosa, sino el de Madrid. La prensa madridista  le puso ese apelativo luego del decisivo gol contra el Barcelona que le dio el título de la liga española al equipo de Joaquín Sabina y compañía.

CINCO

Y hablando de héroes discretos… Mario Vargas Llosa fue cronista del mundial de España 1982, y algún periodista aprovechó para preguntarle al novelista arequipeño algo que, al parecer, todavía no tiene respuesta precisa: ¿Qué es Maradona? ¿Un marciano o acaso un barrilete cósmico como lo denominó, en 1986, el periodista uruguayo naturalizado argentino Víctor Hugo Morales? Vargas Llosa largó una respuesta contundente: «Maradona es una de esas deidades vivientes que los hombres crean para adorarse en ellas». Exacto: uno de esos dioses vivientes que los hombres crean para adorarse a través de ellos. MVLL hablaba de Maradona, pero —casi siempre, cuando elogia a un artista descollante— también hablaba de él mismo. Estoy convencido.

SEIS

«Soy partidario de un fútbol más urgente y menos paciente. Porque soy ansioso. Y también porque soy argentino», confiesa Marcelo Bielsa, entrenador obsesivo, compulsivo, frenético, quien, también ha confesado que consume clonazepam para controlar la ansiedad durante los partidos. Una ansiedad perentoria, sin duda, que lo hizo renunciar a la selección argentina cuando él pasaba por su mejor momento. Y es que el fútbol también es inexplicable, contradictorio.
Cuando no aceptó la oferta de Manuel Burga, admiré mucho más a Bielsa.


SIETE

Octubre de 1997. Estamos bebiendo cerca de la plaza de Armas de Cusco. Disfrutamos de nuestro viaje de promoción en el ombligo del mundo y calentamos motores para alentar a la selección nacional. Jugamos el penúltimo partido de las eliminatorias rumbo a Francia 1998. El clásico del Pacífico. Sí, Perú contra Chile. Un hincha convicto y confeso no necesitará que le explique que contra Chile nunca es un partido más.
Decía que se equivocaba David Foster Wallace diciendo que en deportes como en el fútbol no nos fijamos en la belleza, ni en la elegancia, ni en el cuerpo. Sí, lo hacemos, por supuesto. Pero acierta cuando afirma: «Los hombres pueden profesar su “amor” al deporte, pero ese amor siempre se tiene que proyectar y representar con la simbología de la guerra: la oposición entre avanzar y ser eliminado». Claro que sí sobre todo —hablando de los mundiales— a partir de los octavos de final: matar o morir. Así de simple.
Wallace menciona «la jerarquía, el rango y el estatus, las estadísticas obsesivas y el análisis técnico, el fervor tribal y/o nacionalista, los uniformes, el ruido de la barras, los estandartes, el entrechocar los pechos, el pintarse la cara con los colores de tu equipo, etcétera (…) Por razones que resultan difíciles de entender, a muchos los códigos de la guerra nos resultan más seguros que los del amor».
Lo dicho: Perú-Chile nunca es un partido más. Está en juego otra cosa. Nos dicen que dejemos atrás rencillas del pasado, que demos vuelta de página, que somos países hermanos y, mucho bla bla bla, sin embargo todo eso se hace polvo cuando Gary Medel, un volante chileno vence al guardameta rojiblanco Raúl Fernández y se dirige a la tribuna popular en donde están agolpados todos los hinchas peruanos (muchos de ellos migrantes, compatriotas que viven en Santiago) y hace un gesto de asco, de mal olor: ¡apestan, lárguense de aquí! Sí, lo sé, un futbolista no representa a un país —ni siquiera Maradona o Pelé representan a Argentina o Brasil según corresponda— pero es inevitable: el fútbol es una guerra simbólica y está bien que sea así a condición de que tengamos claro que la batalla (siempre simbólica) empieza en el minuto cero y termina en el noventa.
Decía, pues, que estaba en Cusco esperando el Perú-Chile: si empatábamos estábamos con un pie en Francia 1998. Clima optimista. Chile estaba presionado, tenía que ganar sí o sí. Entonces jugaron su partido aparte: recibieron al equipo de Oblitas con banderas del morro de Arica, muñecos que representaban a Grau y éste lucía ahorcado. La selección peruana, como casi siempre, arrugó en Santiago. Nos clavaron cuatro —Marcelo Salas besó el escudo de la camiseta mapocha en la cara del guardameta Balerio, un uruguayo nacionalizado peruano— y luego hasta un carabinero agredió a nuestro capitán: Juan Reynoso, actual entrenador del Melgar.
En el living del hotel cusqueño yo lloré y no quería saber nada. Otra ilusión rota. A mis amigos se les pasó rápido la pena: se cambiaron y se dirigieron a una discoteca muy concurrida a buscar gringas o lo que hubiera. Yo no pude: me quedé llorando en mi habitación mientras escuchaba los comentarios vía Radio Programas del Perú.

OCHO
El himno de Italia 1990 es la mejor composición musical futbolera que he escuchado. El de 1990 es un mundial que me remite a Maradona, el más brillante de todos los futbolistas que vi jugar, y a la magia de Goycochea, el atajapenales. No siempre gana el mejor, lo sabemos todos —«somos once contra once», repite como loro el pelotero peruano antes de una nueva derrota—: si este deporte estuviera regido por la lógica entonces el partido Brasil-Argentina de octavos de final de 1990 hubiera terminado, mínimo, 6-0, a favor de Brasil, por supuesto. Pero no. Si el rival es notoriamente superior en técnica, en trabajo en equipo, puedes suplir tus carencias con «huevos», sí, con lo que ponen las gallinas o lo que Luján Manera llamaba «la fuerza testicular». El fútbol es un deporte viril y «el futbolista peruano es muy blando» (Sergio Markarián dixit).

NUEVE
Un acto de fe: siempre es mejor jugarlo que verlo. La atención que tienes que prestar a los movimientos de tus pares: compañeros de equipo y rivales. Los desplazamientos, tu ubicación en la cancha y, sobre todo, el desplazamiento del balón. Concentración pura. Te distraes y cagas. Cuando tienes miedo del rival tienes que utilizar esa angustia como un impulso. Maradona utilizaba la bronca como combustible y Jorge Valdano hablaba del miedo escénico, saltar a un estadio repleto de hinchas. No sólo hay que enfrentar al rival sino a la tribuna, sobre todo cuando juegas de visita o no sabes ser local a estadio lleno como le ocurre a mi equipo de fútbol: el Melgar. Sí, es mejor jugarlo que verlo. Te olvidas de todo: de la chica que te dejó, de los problemas en casa, de que ya no hay plata en la billetera. Una válvula de escape: un grito de gol, aunque no haya tribunas y sólo tú y algunos pocos amigos celebren la conquista.

DIEZ
            —¡Me mataste, me mataste! —exclamó Carlos Salvador Bilardo negándose a elegir entre el placer que produce meter un gol o el que produce el orgasmo. Años después, Luis Figo dejó dicho que ver jugar a Messi es, precisamente, «como tener un orgasmo». Habría entonces que replantearle la pregunta al entrenador argentino: ¿qué le produce más placer? ¿Hacer el amor con su mujer o ver jugar a Lionel Messi?

ONCE

            «A once personas se les acelera el pulso al usarla… al resto se nos acelera con sólo mirarla», rezaba la publicidad que aparecía en los años 90 en la contratapa de la revista deportiva El Gráfico con la camiseta argentina. Una buena forma de anticipar lo que ocurrirá durante el mundial: los privilegiados dentro del césped, dejando la piel por sus colores. Y los exonerados en la tribuna… o, ¡qué nos queda!, siguiendo las incidencias a través de un televisor o una computadora. Hasta una radio sirve cuando no hay imágenes si es que la imaginación es buena. Peor es nada. O, como diría el loco amor de Tilsa Lozano luego de una nueva derrota de la selección, Juan Manuel Vargas: «Es lo que hay».




Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980). Escritor y periodista. Editor de la Universidad La Salle de Arequipa. Ganador del Premio Nacional Universitario de Cuento convocado por la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque (2003). Ha publicado tres libros de relatos, el último de ellos, Mi familia y otras miserias, fue finalista del premio Luces a las Artes 2013 del diario El Comercio (Lima). Desde hace tres años dicta talleres de escritura creativa en centros culturales y universidades locales. Es colaborador del semanario Hildebrandt en sus trece, el diario El Pueblo y columnista del portal web de la revista El Búho.

Blog: http://orlandomazeyra.blogspot.com/

domingo, 8 de junio de 2014

Fernando Morote: Fante, el talento en la sombra


                                                  Fante, el talento en la sombra

El cine es uno de los medios más eficaces para descubrir a ciertos escritores. Me sucedió con Somerset Maugham, a quien conocí en 1984 a través de “El filo de la navaja” protagonizada por Bill Murray. En el 2006 otra película, con Colin Farrell, me condujo a un autor hasta entonces desconocido para mí. “Pregúntale al polvo” (Ask the dust), de John Fante, relata las correrías de un novel escritor tratando de ganarse la vida en la ciudad de Los Ángeles mientras enfrenta serias dificultades para relacionarse consigo mismo y sufre un auténtico dilema al interactuar con las mujeres.

Azuzado por la curiosidad, recalé en la biblioteca en busca de infomación. Hallé un viejo ejemplar de la novela, impreso en 1980 bajo el sello de Black Sparrow. Originalmente publicada en 1939, esta edición contenía además un prefacio de Charles Bukowski, lo cual exacerbó mi interés. El desafío de leerla en inglés, lejos de desanimarme, avivó mi motivación. La prosa fresca y clara de Fante, su estilo directo y sencillo, me sedujeron desde los párrafos iniciales. Devoré la historia de 165 páginas en un par de días.

Picado ahora por una súbita fascinación, volví a los estantes por mi siguiente dosis de Fante. Entre los otros 5 títulos que se encontraban disponibles, escogí al azar “Espera a la primavera, Bandini” (Wait until Spring, Bandini), un testimonio del esfuerzo realizado por una pareja de inmigrantes italianos, atrapados entre la pobreza y los prejuicios religiosos, para sacar adelante a su numerosa familia.

El tono ácido y subjetivo de Fante en esta narración, que marcó su debut como novelista en 1938, terminó de subyugarme. Pude comprender, también, por qué Bukowski lo consideraba su dios. Fante escribe guiado por una honesta pasión antes que por falsas pretensiones, ofreciendo al lector una conexión íntima que el despliegue de las más sofisticadas técnicas narrativas no es capaz de producir.

Declarado ya su ferviente admirador, mis sueños y tribulaciones reflejados en los suyos, decidí rastrearle la pista.

Nacido en 1909 en el centro de los Estados Unidos, al pie de las rocosas montañas de Colorado, John Fante asistió al colegio y luego a la universidad en el pueblo de Boulder. A los 20 años, resuelto a convertirse en escritor, se mudó a la costa oeste del continente y se estableció en el sur de California. Allí, en tanto combinaba su actividad como redactor de una revista con la de mozo en una cafetería, escribió “Un año pésimo” (1933 was a bad year), que describe las penurias de un joven empeñado en salir de la estrechez económica a través de su deporte favorito -el béisbol-, y “Camino a Los Ángeles” (The road to Los Angeles), crónica sobre las aspiraciones literarias de un muchacho en franco conflicto con su madre y hermana quienes consideran su vocación artística un estúpido desperdicio de tiempo y energía.

Debido a los temas abordados, en esencia personales y domésticos (los cuales constituyen un antecedente y una explicación a la posterior narrativa de Bukowski), pero sobre todo por el ángulo controversial que enfocaban, los manuscritos fueron rechazados y permanecieron inéditos.

De breve extensión y ajenas a complejas estructuras, las novelas de Fante -escritas por lo general en primera persona- rezuman con claridad su carácter autobiográfico. Arturo Bandini, su personaje de bandera y fiel autorretrato (modelo inequívoco que inspiraría al Henry Chinaski de Bukowski), aparece niño en “Espera a la primavera”,  adolescente en “Camino a Los Ángeles” y adulto joven en “Pregúntale al polvo”.

En 1977 Fante expresa su plenitud como narrador con “La hermandad de la uva” (The brotherhood of the grape), una pieza magistral de realismo sucio, cargada con una alta cuota de humor y diálogos punzantes, que retrata a una pandilla de jubilados hedonistas como protagonistas complementarios en una cadena de desencuentros familiares, a la vez que representa una feroz sátira del adulterio paterno, que siempre resintió.

La literatura de Fante, sin embargo, fue largamente subestimada. Del mismo modo que, por naturaleza, el gusto vulgar de los hombres privilegia una anatomía despampanante en desmedro de una auténtica -pero silenciosa- belleza femenina, el público lector dejó pasar desapercibida por décadas la audacia de su talento creativo.

Con el propósito de agenciarse el dinero que sus libros no le reeditaban, Fante consiguió un empleo como guionista. Su colaboración con la industria del cine abarcó un período de 33 años, comprendido entre 1935 y 1968, incluyendo dramas, comedias románticas y hasta un western, aunque ninguna de estas producciones fue de gran relevancia para Hollywood.  De sus trabajos, sólo “Llenos de vida” (Full of life), fue llevado a la pantalla en 1957 con libreto escrito por él mismo. “Espera a la primavera, Bandini” y “Pregúntale al polvo” fueron realizados cinematográficamente recién después de su desaparición, ocurrida en 1983 a los 74 años de edad.

La positiva influencia ejercida por Fante en la carrera literaria de Bukowski derivó en el hecho de que éste, al alcanzar prestigio, contribuyera de manera significativa a divulgar la obra de su maestro. Como resultado de ello, Black Sparrow cumplió con publicar póstumamente en 1985 “Un año pésimo” y “Camino a Los Ángeles”, escritas durante los años de la Gran Depresión americana.

El mérito al final se impone y el reconocimiento cae por su propio peso. Los simples, pero brillantes y fluidos, textos de Fante son un estimulante ejemplo de ello.

Artículo publicado originalmente el 4 de Abril del 2014 en el blog "Lee por gusto".
 
 




 
Fernando Morote
Piura, Perú-1962. Escritor y periodista peruano. Autor de las novelas: “Los quehaceres de un zángano” (2009) y “Polvos ilegales, agarres malditos” (2011), el libro de relatos “Brindis, bromas y bramidos” (2013) y el poemario “Poesía Metal-Mecánica” (1994). Actualmente vive en Nueva York y colabora con revistas de España (Periódico Irreverentes de Madrid y Pandora Magazine de León) y Perú (Lima Gris y Contra Estudio), entre otros temas, escribiendo artículos sobre cine clásico.