Revista Contra Estudio

lunes, 20 de octubre de 2014

El destino a veces se distrae, de Estefanía Farias Martínez


EL DESTINO A VECES SE DISTRAE
 
Cogí el autobús que me llevaría a la estación en la Avenida de la Constitución y, por suerte o por desgracia, no me tocó esperar casi nada. Iba muy lleno y parecía que todos teníamos el mismo destino. Si intentabas moverte te dabas más de un golpe en la espinilla con la maleta de alguien. En la segunda parada ya no cabía nadie más. Todos apretujados y una voz intentando llamar mi atención. Me giré como un acto reflejo y me encontré con los ojillos de un tipo clavándose en los míos, sonreía suavemente y se me acercó un poco más, aunque con cuidado para no acabar empotrándome contra la ventana. Apenas le oía pero veía que movía los labios. Casi al oído me preguntó que si le conocía de algo y no se por qué le dije que su cara me sonaba. Era verdad aunque no tuviera la menor idea de donde le había visto.
        El autobús no hizo más paradas hasta la estación y aquel tipo no dijo nada más. Se limitó a ejercer de escudo para mantenerme a salvo de empujones. Me bajé y me llamó la atención que él también lo hiciera. Ya en la acera de enfrente de la estación me abordó de verdad. Me explicó que se había fijado en mí por casualidad pero necesitaba contarme algo, llevaba dándole vueltas a la cabeza desde que me vio. Tenía una sensación muy extraña a mi lado, como si nos conociéramos desde hacía mucho tiempo. Yo le escuchaba sonriendo, con ese tipo de sonrisa de me lo quito de encima enseguida, intentando no ser una antipática porque el tipo era amable y tenía cara de inofensivo. Sin embargo, me acompañó hasta la taquilla, esperó a que consiguiera mi billete y se empeñó en invitarme a un café. Me quedaba más de una hora de plantón y le acepté la oferta por curiosidad. Debía tener unos cuarenta años, no medía más de uno setenta, tenía una cabeza redonda no muy grande pero pequeña tampoco, pintaba canas y llevaba bigote y barba corta. De aspecto bastante corriente, con algo de tripa y unas manos más o menos cuidadas. No vestía mal y olía a limpio, usaba una colonia discreta. Llevaba unas gafas redondas, metálicas.
      Nada más sentarnos en la cafetería me empezó a contar que me conocía de un sueño. Largas conversaciones entre ambos que se habían repetido noche tras noche desde hacía unos días. Estaba convencido de que encontrarme en ese autobús había sido cosa del destino. Yo le escuchaba sin terminar de creerme ni una palabra pero el tipo hablaba bien, era muy correcto. Me contó que era pintor y estaba soltero. Vivía con su madre y sólo había tenido pareja una vez. Tenía una voz pausada y bonita, una conversación interesante y me hizo amena la espera.
       Nos despedimos en la puerta del autobús y le dije que si era cosa del destino ya nos volveríamos a encontrar. Me observaba todo convencido y yo sonreía completamente segura de que hasta ahí llegaba mi aventura con el pintor.
 
         Sin embargo, una semana más tarde me lo volví a encontrar en plena calle, en Emperatriz Eugenia, a unos pasos de mi casa. No me dio tiempo a esquivarlo, venía de frente sonriendo con la boca llena de dientes y le tenía muy cerca. Aquel cuarentón con ojillos de chucho abandonado me cogió la mano y me invitó a ver su estudio. Otra vez había sido cosa del destino y no podía rechazar su invitación, decía. Vivía en la calle de al lado.
      Al principio no estaba muy segura pero tenía la intuición, casi certeza, de que quien me estaba invitando a su guarida era un lobo sin dientes y en el fondo la idea de conocer el espacio privado de un pintor me llamaba la atención. Era la primera vez que estaba frente a uno de verdad con todo el glamour que le aportaba lo de ser un fracasado ignorado por el gremio. Un artista que jamás había expuesto un cuadro. Egocéntrico no era y una fuerte personalidad no tenía pero llegué a imaginarme que a través de su pintura expresaría el supuesto mundo interior que debía tener. El que tiene todo artista.
         Una vez en el estudio aquel pintor de carne y hueso me enseñó cuadro por cuadro sonriendo y haciendo bromas, en un tímido y torpe intento de seducción. Yo le seguía el juego divertida pero manteniendo una distancia prudencial, mi curiosidad no llegaba a tanto. En su ambiente ya no era tan interesante. Resultaba monotemático. Tan empeñado en conseguir mis halagos y yo intentando encontrar algo bueno que decir de alguna de aquellas pinturas. Al final la encontré. Le alabé la originalidad de un cuadro bien grande que presidía el estudio. Una partida de póquer entre perros. Mi ignorancia me llevó a cometer semejante agravio. Yo que iba a saber que el cuadro era su versión de la imaginación y la originalidad de otro. No fue capaz de atribuirse la autoría, encima era ingenuo. El pobre lo tenía todo. Intentó mantener el tipo, pero su orgullo empezó a caer en picado. Aún así le reconocí la perseverancia. No se amilanó y se intentó recomponer.
       En ese preciso momento vino al rescate una mujer bajita, muy mayor, con una bandeja de alpaca y dos tazas de café. Entró saludando y observándome por encima de las gafas que llevaba clavadas en la nariz. Sonreía igual que el hijo pero su aparición, lejos de suponer un balón de oxígeno, fue una pedrada para aquel pobre infeliz. Otra vez intentó recuperar la compostura cuando volvimos a quedarnos solos, porque ella desapareció como llegó, aunque cerró la puerta al salir para darnos más intimidad. Entonces él decidió ser original y me dijo que tenía la sonrisa de la Gioconda. Yo, que nunca entendí qué tenía de especial aquella forma de apretar los labios y siempre me daba la sensación de que prefería estar en cualquier otra parte, no me inmuté.
        No se acercaba demasiado, ni me rozaba. Si llega a hacerlo ni el café me tomo. Permanecía allí sentada más por pena. Lo único que le faltaba era que me fuera de estampida. Como la Gioconda tampoco le funcionó empezó a contarme como pintaba aquellos cuadros de paisajes tan planos. Arbustos y más arbustos. Horas tirado en un rincón del Parque natural de la sierra de Huetor. Llegaba en autobús, el mismo que a mí me llevaba a casa, se bajaba en el Puerto de la Mora y se pasaba mañanas enteras pintando. Soportando un sol de castigo o aquel frío que te calaba los huesos. Muy lúdico todo pero el resultado no merecía tanto despliegue. Nadie le había dicho que talento, lo que se dice talento no tenía. Pero él estaba convencido de que algún día le sería reconocido y hasta entonces seguiría recluido por voluntad propia.
        La puerta se volvió a abrir y la amable señora le informó de que tenía que salir y volvió a desaparecer. Ahí si di por concluida mi visita al espacio privado del artista y yo también me disculpé. Ya nos veríamos en otra ocasión. Me acompañó a la calle y me despidió con un beso en la mejilla en la esquina.
       Yo volví a casa intentando averiguar que calles tenía que usar a partir de entonces para no volver a encontrarme con el único pintor que conocí en mi vida.      
 
 
Estefanía Farias Martínez. Nacida en 1970 en Cartagena, España. Doctora en Filología Árabe por la Universidad de Granada. Animales en las fuentes árabes y referencias en fuentes griegas. Tesis doctoral. Granada: Universidad de Granada, 2008. ISBN: 9788469143698.  Publiqué un par de artículos en revistas especializadas al terminar la tesis: - “El ‘anqa’ en el Qisas de al-Thalabi”, Oriente Moderno. Nuova serie, anno LXXXIX, 2 (2009), pp. 305-317 y -“El gallo, figura trascendental en las Qisas al-anbiya’ ”, MEAH, Sección Arabe-Islam, 58 (2009), pp.77-92.
 
Me vine a vivir a Holanda y hace un año descubrí el placer de escribir mis propios textos. Publiqué un microrelato, ¨Lo que hace un nombre¨ en el primer número de la revista digital Los omniscientes (julio 2014). Y paso día y noche enfrascada en contar mis historias en mi blog al que le puse un título acorde con los contenidos: Exorcizando la antimemoria de mis días oscuros. Por eso de que fantasía y realidad a veces son solo un juego de palabras. http://exorcizandoantimemoria.blogspot.nl/
 
                         

sábado, 11 de octubre de 2014

Fernando Morote: Cementerio Pére Lachaise, una aproximación de Lenin Solano a lo policial terrorífico

Cementerio Pére Lachaise, una aproximación de Lenin Solano a lo policial terrorífico


Por Fernando Morote 

¿Presencia sobrenatural o respuesta espiritual de artistas perturbados en su lecho eterno? Todo es posible en esta versión que Lenin Solano entrega del Pére Lachaise, un cementerio que al parecer ostenta el tétrico poder de comerse vivos a quienes osan perturbar el descanso de sus huéspedes, sin importar la procedencia, incluso legal, de los profanadores.

Desde su primera novela, “No le reces a los muertos” publicada en el 2011, Lenin Solano ha mostrado su preferencia por el género policial, enriquecido esta vez por una sustanciosa dosis de terror. “Cementerio Pére Lachaise” exhibe una combinación bien elaborada de ambos elementos.
El hábil flujo narrativo rápidamente enciende el interés de quien decide ingresar con el autor a las entrañas del emblemático camposanto parisino. La descripción física del lugar, incluyendo la vegetación y fauna circundantes, así como su ubicación dentro de la ciudad, los antecedentes de su construcción y la mención de sus residentes más célebres sirve como introducción del edificio en su calidad de personaje principal y constituye una herramienta eficaz para situar al lector en el escenario donde se desarrollan los hechos.
Inmediatamente se suceden una serie de horrendos crímenes, ejecutados con extrema crueldad: una pareja irlandesa de recién casados que cumplen una fantasía sexual sobre la tumba de Oscar Wilde, cuatro estudiantes que planean un juego de ouija ante la lápida de Moliére, dos indigentes alcohólicos que buscan refugio junto a los restos de Edith Piaf, un par de inmigrantes centroamericanos que al abrigo del sepulcro de Miguel Ángel Asturias confiesan mutuamente sus pasados de violencia y pandillas.
Los continuos giros y las inagotables contramarchas que envuelven la investigación policial a cargo de dos oficiales de origen peruano contribuyen a crear la atmósfera de misterio que rodea las terribles muertes. El examen de pistas, el seguimiento a sospechosos, la consideración de posibles teorías, el surgimiento de nuevas dudas, la aparición de serias contradicciones, la evaluación de detalles en los cuerpos torturados fungen como vehículo exitoso para lograr este propósito.



La novela está dividida en dos partes. La primera, mediante capítulos alternados, muestra a las víctimas antes de que pierdan la vida y luego la forma en que las autoridades las encuentran asesinadas. La segunda revela los pormenores de los brutales ataques y deja sin definir claramente la suerte de los agentes involucrados, lo cual contribuye a reforzar la intriga que marca el tono de la historia hasta el desenlace.
Los títulos de cada capítulo simbolizan un inteligente preludio para el segmento narrado y son complementados de manera efectiva por sendos epígrafes con citas de novelistas, poetas y filósofos,
El uso de los diálogos como recurso para proveer información y apuntalar los cuadros es notable. Aunque en el curso de la lectura queda la sensación de que algunos de ellos pudieron ser mejor logrados. En más de una ocasión se alcanza a percibir que no corresponden a la naturaleza de los personajes. Los policías exhiben un lenguaje demasiado popular, exento de jerga técnica -que debería existir aunque fuera en grado mínimo, tratándose de una novela enmarcada en el género-  salvo ciertas expresiones comunes. Los pordioseros -ladrones de joyas por añadidura- desenvuelven un vocabulario propio de personas cultas. Los pandilleros centroamericanos tampoco se expresan como tales. Los recién casados y los estudiantes suenan algo forzados, quizás excesivamente formales.

Sobresale un episodio, cuando se suscita una pelea entre los mendigos ebrios, en que no se logra distinguir a quién pertenece la voz del que habla. Es el tipo de ambigüedad deliberada que resulta un acierto antes que una falla.
La pulcra edición de Altazor, ofreciendo ciento cincuenta páginas cuidadosamente impresas con material de alta calidad, confirma el auge y la seriedad con que vienen trabajando ciertas editoriales independientes en el Perú.
Lenin Solano, además docente y promotor cultural radicado en París, se halla en viaje constante entrevistando y difundiendo la obra de otros escritores. Con “Cementerio Pére Lachaise” ha realizado una admirable y meticulosa tarea de exploración policial en la que él mismo se asume como el detective responsable.


Su principal mérito: arrojarse con audacia, apoyado en su talento, a batir el desafío.

miércoles, 1 de octubre de 2014

LA ESTRATEGIA DEL TIBURÓN, Por El doctor y witchy woman

                                              LA ESTRATEGIA DEL TIBURÓN

                                                   Por El doctor y witchy woman


      La ciudad dormía en calma. Por la cortina entreabierta penetraba la luz del alba iluminando el dormitorio. Las sábanas revueltas evidenciaban la intensidad del ajetreo. Oso sostenía su brazo derecho, Gancho de hierro el izquierdo. Ella, de rodillas sobre la cama, medio desnuda, parecía un pollo muerto con el pescuezo roto. Su larga cabellera rubia caía como un estropajo sucio cubriéndole la cara. Sus dos fornidos acompañantes buscaban la manera de ocultar su cuerpo. Escucharon voces en el pasillo y la soltaron a la vez. La chica cayó desmadejada sobre el colchón en una postura grotesca. La observaban divertidos. La muy perra se lo había buscado. Gritaba tanto. Oso intentó que se callara y se le fue la mano. Gancho de hierro convulsionaba a carcajadas viendo a su amigo apretar aquel cuello híper delgado. A la flaca se le saltaban los ojos de las órbitas y las lágrimas le corrían el rimel. Sin embargo, cuando se percató de que se ponía azul dejó de reír. El contrato no incluía violarla ni mucho menos matarla. Sólo vapulearla un poco. Pero ella se mostró tan provocativa. De cualquier modo, a un cliente de su envergadura no se le podía devolver la presa malograda. Tuvieron que quebrarle las extremidades para que cupiera dentro de un par de sacos de basura. Al carajo con los métodos. Lo principal, en esas circunstancias, era salvar el pellejo.

-Cobramos –dijo Oso-. Y que el infeliz se vuelva loco buscando a su mujer.

El proceso no resultó demasiado complicado. Oso, oscuro boxeador retirado, sabía bien cómo fracturar los huesos. Gancho de hierro, carnicero en ejercicio, dominaba la técnica de la disección.

     Maximiliano pasó en vela toda la noche esperándola, dando vueltas por aquella gigantesca casa. Subía y bajaba las escaleras ansioso y con una fuerte opresión en el pecho. Ya tenía que haber vuelto. Llorosa, aterrada. Si no hubiera sido tan curiosa. Si no se hubiera empeñado en cotejar las facturas de la empresa. Cuando responsabilizó del burdo desfalco a su asistente, un pobre tipo con alma de contable, cobarde y servil, ella se volvió obsesiva. No lo podía tolerar. Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para conseguir convencerla de las terribles conexiones que semejante espécimen tenía con la mafia y lo peligroso que era ahondar en el tema. Pero su preciosa mujercita, la cuarta, era tan terca…Se resistía a perderlo todo por su estupidez. Contrató a aquellos tipos por consejo de su abogado, quien  le aseguró que eran unos profesionales, efectivos y cuidadosos. Todo se resolvería muy rápido. Algo debió haber salido mal. Estaba amaneciendo y ella no aparecía. Cogió el teléfono para llamarlo. 



-Parece que funcionó a la perfección.

-¿Estás seguro? Mira la hora que es. No ha llegado todavía.

-Tú sabes lo que a ella le gusta.

-No es tan idiota como para volver de día a casa.

-Muy bien. Démoslo por hecho. Dos pájaros de un tiro. Bueno, tres.

-Eres un genio, Zacarías.

El abogado colgó el auricular y sacó su libreta roja del cajón del escritorio. Anotó el nombre del cliente y sin dejar de sonreír garabateó algunas líneas indescifrables para ojos inexpertos. La chica no iba a ser un problema. Estaba seguro de que aquellos animales se habían extralimitado con el encargo. Mejor así. Ella no iba a ser capaz de tener la boca cerrada. Aquel imbécil sería una rentable fuente de ingresos durante unos meses. Después seguiría el protocolo habitual.

     Zacarías Fleytas gozaba de un prestigio ganado a base de talento y perseverancia. Sus estudios en la Universidad Complutense fueron completados luego con un postgrado en Columbia. De pronto tuvo la sensación de que podía conseguirlo. Era atrevido, encantador y paciente. Medía bien a sus adversarios. Los encandilaba. Y terminaba dominándolos, obteniendo de ellos literalmente lo que se proponía. Había urdido un plan magnífico. Aquella mañana se presentó ante su nuevo cliente –uno de los más importantes magnates en el campo de la moda, Maximiliano Trazegnies- vistiendo un impecable terno rayado de color azul, a lo Frank Nitti. Camisa celeste, corbata roja. Los lujosos zapatos negros de cuero contrastaban elegantemente con el pañuelo de seda en el bolsillo del saco. El clavel blanco en el ojal, después de todo, le pareció una exageración. Su estampa impresionante, realzada por una complexión estupenda y el fresco y varonil olor de su perfume, doblegó de entrada al millonario. En especial a su joven esposa. Cuando firmó el acuerdo para prestarles sus servicios legales, supo que estaba estrujando a una pareja de tórtolos. Aquella rubia de piernas largas, formas perfectas y monumentales debilidades, algunas conocidas por el marido y otras apenas por un restringido grupo de individuos de mala calaña, sería una cómplice ideal. Como todas las chicas de su estilo, uno de sus mayores encantos era la ingenuidad -o la estupidez, dependiendo del punto de vista-. Un par de encuentros casuales y embarazosos, de los que ella intentó zafarse con la mejor de las sonrisas, y una sarta de excusas dignas de su intelecto fueron determinantes. Luego todo fluyó de forma natural. La convenció para dejar de frecuentar aquellos lugares, se ofreció a proveerla de lo que necesitara de una manera más discreta y empezaron las citas clandestinas en moteles de carretera. Ella pensaba que se estaba comiendo al tiburón. Nunca sospechó que -para él- sería sólo su merienda. Una vez que tuvo a la chica controlada se ocupó del ego y la avaricia de aquel millonario de rancio abolengo. Las reuniones a puerta cerrada con los responsables contables le permitieron conocer a la perfección el funcionamiento de la empresa. Al descubrir el monto total de los beneficios que se repartían entre los accionistas encontró el modo de embaucar al magnate. Sólo hicieron falta veladas alusiones a su excesiva generosidad con quienes tenían una ínfima participación en la empresa. El efecto de sus comentarios fue inmediato. Sudoroso, ansioso y revolviéndose en su sofá de cuero abrió mucho los ojos buscando el asesoramiento que él estaba dispuesto a darle.   

     Eliminada la rubia, puestos a fuga los dos matones a sueldo y sometido el millonario, lo demás era cuestión de papeles. Trámite que para Zacarías, experto en el arte de la prestidigitación, no constituía embarazo alguno. Una soleada mañana de enero citó a Maximiliano  para firmar la escritura.

-¿Te apetece una copa?

-¿No es muy temprano para un trago? –dudó Maximiliano.

-Nunca es demasiado temprano para celebrar el triunfo –acotó Zacarías-. Sobre todo si sabes positivamente que lo has conseguido.

Zacarías podría haber sido un discípulo del que Houdini se hubiera sentido orgulloso. Era consciente de que su cliente ignoraba la ruta por la que lo estaba llevando. Al extender el documento ante los ojos de Maximiliano, después de que su secretaria les sirviera dos whiskies en las rocas, ésta habló por el intercomunicador.

-Dos hombres lo buscan, señor.

-¿Quiénes son?

-Dicen ser acreedores importantes, señor.

Zacarías y Maximiliano intercambiaron miradas confundidas. Tras un breve intervalo, buscando motivos para esa inopinada visita, Zacarías dijo:

-Hágalos pasar.

La puerta del despacho se abrió y dos tipos fornidos con aire marcial y gesto calmado entraron cerrándola a su paso. Uno de ellos se quedó junto a la puerta asegurándose de no ser interrumpidos. El otro avanzó con paso firme hacia el abogado que se mantenía a la expectativa detrás su imponente mesa de caoba. Maximiliano observaba a los visitantes con recelo, pero ellos ni siquiera le prestaron atención. Zacarías sintió que un calor insospechado se aferraba a su garganta. ¿Como podía haber sido tan descuidado? Oso desenfundó la navaja. El abogado intentó escabullirse saltando a la ventana para volar. Gancho de hierro corrió a detenerlo, reduciéndolo con un certero golpe en las rodillas. Zacarías cayó de bruces, como un paquete, al piso. A Oso no le tomó ni un segundo rebanarle la yugular.

    Maximiliano Trazegnies contemplaba la escena, sonriendo satisfecho mientras se llevaba el vaso de whisky a los labios. Sus muchachos habían hecho un gran trabajo.