Revista Contra Estudio

sábado, 21 de junio de 2014

Sandalias de azufre, por Ricardo Vacca-Rodríguez


                                 Sandalias de azufre

La fogata ya se apagaba cuando la descubrí en la playa. Entre las redes buscaba angustiada la sombra de algún faro. Al acercarme me percaté que de su cabello pendían espinas de pescado y collares de algas le enredaban las muñecas y sus tobillos. Sus uñas eran afiladas y su cuerpo brillaba  a la luz de la fogata debido a la sal y la melancolía. Esa noche yo usaba mis sandalias de azufre y uno que otro pan de maíz me colgaba del cuello.

Me aproximé un poco más y me escondí detrás de mi silencio y de algunas rocas que sorpresivamente habían caído esa madrugada desde el cielo. No hacía más que observarla como un científico lascivo, la observaba como un psicólogo obsesivo/compulsivo.

Irresponsablemente hice sonar mis cabellos fue entonces que ella me descubrió. Comenzó a acercárseme amenazadoramente. La fogata se apagaba definitivamente y el viento esparcía las cenizas como dos manos que agonizaban sobre la arena. Una columna de cangrejos corrían raudos hacia el centro de la angustia mientras que ella amenazadoramente se me aproximaba más y más como una araña marina, como una tierna y venenosa araña marina.

Su cuerpo se balanceaba sobre sus pies diminutos, su caminar era sensual y sus manos se movían nerviosamente con el viento como intentando descuartizar esqueletos. Sorpresivamente se lanzó a mis brazos y mirándome fijamente con sus ojos amarillos me exigió a beber de su saliva. Yo intenté retroceder espantado, defenderme de su lengua lasciva y me enredé entre sus algas y entre algunas preguntas sin respuesta  y pesadamente caí sobre la arena. Por mis ojos se filtraban sus ojos y alguno que otro pedazo de luz. De pronto, ella se me abalanzó definitivamente, cayó sobre mí como una sombra, como un puñado de arena me cubrió. Por primera vez probé sus labios con sabor a misterio y vino. Un extraño olor sacudió mi cuerpo y sentí que mi pecho se untaba de su sudor pegajoso y amoniacal. No me quedaban más recursos, me abandoné entonces a la enredadera de sus piernas en mi cintura, mientras sus afiladas uñas abrían mi espalda. Sentía que su lengua maravillosa escudriñaba mi garganta como un científico acucioso. Yo temblaba, ella se sacudía. Su respiración era profunda y algo parecido a un ronquido salía desde lo más profundo de su pecho cuando suspiraba y sacudía. No se cuánto tiempo transcurrió, pero me pude percatar que estaba colocando una de sus largas uñas sobre mi pecho, y una gota de mi sangre se mezcló son su saliva. Presentí que estaba condenado.

 Intenté separarme de su cuerpo frío, librarme de su sudor pegajoso y amoniacal, busque una conspiración con la noche. Me acerqué y le susurré al oído que se olvide de mí, que le diga a su tribu que nunca me encontró. Pero era en vano. Mis palabras se extraviaban como la sombra de los peces en el corazón de un ciego. Había caído prisionero en sus besos sin forma, en su amor esquizofreno, en su ternura. Yo temblaba y la noche destilaba silenciosamente sonidos y formas.

El tiempo transcurría inexorable. Ella continuaba mirándome profundamente con sus ojos amarillos sin pupila mientras me apretaba a su cuerpo más y más.  Un ligero temblor sacudió sus agudos pezones, un grito rasgó la madrugada de este a oeste y algo similar a un tibio sueño me mojó las piernas y las de ella. Algunas gaviotas de la noche se espantaron, el viento vaticinaba extraños presagios mientras la madrugada quebraba ferozmente los tobillos del invierno. Al despertar la barba me había crecido. Tenía un manojo de algas enredado a mis tobillos y en mi mano izquierda un mechón de cabello rojizo reposaba como un último suspiro. Descubrí además que mis piernas las cubría una sustancia parecida a las escamas. Un olor a angustia cubría mis brazos. En mi garganta quedaban aun pedazos de su lengua brillante. Untaba mi abdomen algo viscoso con olor a mar y piedras. Me hallaba solo sobre la arena. Más allá, restos de lo que fue en algún momento una fogata y algunos signos extraños escritos en la arena que no pude descifrar. Un poco más lejos, maderas de barcazas, pescados secos y huesos blancos de alcatraces. El sol aún se resistía a alumbrar. Me levanté, vestí mi cuerpo semidesnudo. Al caminar por la playa, algunos pescadores me miraron extrañamente y huyeron raudos al descubrir las cicatrices en mi espalda. Caminé perdido entre la arena y las rocas negras de los muelles. Me encontré con algunos hombres quemados por el sol que me dijeron que ella se había marchado colgada del brazo del primer habitante que pasó que tenía ojos azules y manos con olor a yodo. Me informaron además que aún se distinguía escrito un nombre sobre su espalda huesuda y su cuerpo exhalaba un olor parecido a la desesperación. 

Ese fue nuestro primer y único encuentro, lo demás son solo leyendas que inventaron los habitantes del puerto. Pero lo que sí es cierto es que en la playa cuando se ausentan las gaviotas y la madrugada corona a los erizos con su espuma,  se escuchan sus aullidos, su agitada respiración, su llamado y un sonido parecido a unos dedos sonando un tambor. Más de un pescador atestigua que ha sorprendido a las ancianas del puerto susurrándose, entre oraciones y saliva, que la han visto arrastrándose alrededor de las fogatas, gimiendo, mencionando mi nombre y cubierta de arena y algas.

Yo desde entonces como un tatuaje eterno llevo en mi pecho la forma de un acantilado que me incita al suicidio.





Ricardo Vacca-Rodríguez

Nací en el puerto del Callao, Perú. Estudié Psicología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima.

Me interesé desde joven por la literatura, la adiccionología, parapsicología, esoterismo, la ufología [libros como el misterio O.V.N.I.; Informe del Libro azul, Piedras sagradas, el triángulo de las Bermudas]  la investigación en la Cristología como El Grial, la sábana santa, Los Templarios; y el campo de la parapsicología y el misterio como Nefilim, las pirámides de Pactrick Heron.

 Actualmente radico en USA, New York y trabajo en una Clínica en Manhattan para el tratamiento de casos de conductas adictivas.

Suelo escribir artículos de mi especialidad pero sobre todo de literatura en sus diversos estilos y modalidades.

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